sábado, 12 de diciembre de 2009

Cataluña en España






Cataluña en España. Una mirada desde 2009

En Cataluña hay grandes diferencias entre las apariencias –expresadas por los políticos– y la realidad social, suma de los ciudadanos catalanes. Podríamos comenzar por preguntar el porqué de su poco interés por participar en elecciones que no sean nacionales. Comparen el porcentaje de participación en las autonómicas y generales. ¿Dónde está el interés y el desinterés? ¿Y el clamor “popular” por el nuevo Estatuto? La abstención en él fue superior a la participación. ¿Y la Cataluña europea epítome de todo el progreso habido y por haber? En las europeas, si en toda España votó el 46%, aquí sólo, el 37,5%. ¿Dónde están los votantes? A esto deben responder aquellos que van advirtiendo y amenazando de agravios contra Cataluña y clamores contra España.
Los políticos catalanes ocultan su inepcia bajo una densa capa de victimismo, narcisismo y buenismo. La corrupción –¿qué se hizo de la denuncia parlamentaria del 3%?–, el derroche de los grandes recursos financieros, las dudas y los errores en las infraestructuras: AVE, conexión eléctrica con Francia, aeropuerto, IV cinturón, insuficiente red de metro. No son responsabilidad del Gobierno central.


Todo el estancamiento tiene su origen en las diferencias entre la Generalidad pujolista y el Ayuntamiento socialista de Barcelona, y la decisión pujolista de disolver la Corporación Metropolitana en 1987 para frenar la influencia socialista. En esta resistencia nacionalista por reconocer la Cataluña real, se coció el definitivo desenganche en la pugna por el liderazgo de Barcelona respecto a Madrid. Son procesos que se notan a medio y largo plazo. La parálisis e inepcia actual es el peaje del Tripartito a las supersticiones ecológicas de algunos de sus miembros. Hoy la responsabilidad es de los políticos al no querer saber nada de los aspectos negativos de la vida en sociedad. El delirio de aquella política barcelonesa que define a Barcelona como la ciudad más vanguardista del mundo por tener el porcentaje mayor de parejas de hecho sin vivir en matrimonio, mayor número de divorcios, ser la capitalidad mundial del movimiento antiglobalizador y okupa, nos dicen a las claras en qué dirección miran los que nos gobiernan: mantener las fantasías ideológicas, negar y abandonar la realidad.
Si observamos la situación en diversos tableros, la realidad no engaña a quien sepa leerla:
Iniciativa económica. ¿Qué quieren ser la mayoría de los jóvenes en Cataluña? Funcionarios, y en mayor proporción que en Madrid, espejo en que siempre se miran los nacionalistas y asimilados.
Hoy, por diversas causas, Cataluña no atrae materia gris con alto valor añadido, y el sistema escolar está en las últimas posiciones autonómicas. Como ejemplo está que los sudamericanos en edad escolar obtienen peores resultados –10%– que en el resto de España.
Símbolos emocionales. En Cataluña existe una contenida pero extensa violencia simbólica hacia lo que genéricamente se entiende por español. Pintadas –Puta España–, quema de fotos del Rey, ataques a los que defienden el bilingüismo, insultos a periodistas y profesores –Arcadi Espada, F. De Carreras, F. Caja– que cuestionan los dogmas nacionalistas. Se excluye la bandera nacional de los ayuntamientos, se queman muñecas vestidas de sevillanas, se pita de forma subvencionada y organizada el himno nacional en la final de la Copa del Rey. Todo esto no es compartido, ni mucho menos, por la mayoría. Pero sí es cierto que los separatistas imponen sus banderas y excluyen símbolos de signo nacional en reuniones ciudadanas y actos públicos. Cuando los ciudadanos, sin presiones, han de demostrar sus adhesiones, la cosa varía: ahí está el clamoroso fracaso nacionalista en querer eliminar la E de las matrículas y sustituirla por el CAT; por no hablar del cada vez menos presente burrito, símbolo simpático, plateresco, que los nacionalistas menos cultivados han querido imponer en los vehículos.
Claro está que cuando Rubianes se desahogó contra España, en TV3, y hubo quejas, la Sra. C. Chacón afirmó: Todos somos Rubianes. Es el peaje que algunas y algunos tienen que pagar. Es fácil imaginar la de misas en Montserrat y otros actos “litúrgicos-civiles” que se hubiesen producido si alguien en otra televisión hubiera dicho lo mismo sustituyendo España por Cataluña. Sólo tenemos que recordar el calvario y las forzadas y repetidas excusas que hubo de pedir el diseñador J. Mariscal por sus irónicas declaraciones sobre el exceso de catalanes en Cataluña, antes de la aprobación de su proyecto de mascota para los Juegos del 92.
En 1907, en Barcelona, Francisco Jaume en El separatismo en Cataluña. Crítica del catalanismo según los hechos, escribía: «Se provoca constantemente a los castellanos, y si alguno de éstos, cansado de soportar, responde enojado alguna frase contra Barcelona o Cataluña, se copia esta frase, y se dice: ¡Ved, catalanes, como somos odiados por los castellanos! Insistiendo uno y otro día han conseguido acreditar ante muchos que somos odiados por los castellanos y disimular que son ellos los que odian».
La violencia simbólica ejercida y permitida por los nacionalistas no puede ocultar que la Feria de Abril sea el acto social que congrega más personas en Cataluña; o que los seguidores del R. Madrid y del Español –a pesar de tenerlo todo en contra– sean tan numerosos, aunque se noten menos, como los del Barça.
Cultura. A pesar de la exclusión total del castellano en la enseñanza, administración y medios de comunicación dependientes de la Generalidad, y a pesar de intentar hacer de él un idioma de horteras, de analfabetos y de gente de poco nivel, en la calle, en los trabajos privados, en las relaciones interpersonales, donde hay libertad, la mayoría de las personas lo usan sin problemas ni choques con el catalán. De aquí la impresión que sacan los que viene a Cataluña y sólo conocen la calle y la vida social: ¡que no hay ningún problema! Ignoran la realidad impuesta que excluye y discrimina a los castellanohablantes, prohibiendo el uso de su lengua hasta en los patios de recreo.
El intensísimo y completo adoctrinamiento escolar –lo he demostrado fehacientemente en La España raptada. La formación del espíritu nacionalista– así como el mayor fracaso escolar de los niños de lengua materna castellana, sometidos a la inmersión lingüística, son dos caras de la misma moneda. Son los resultados de fomentar el rencor, falsificar la historia, atizar el desdén, erosionar la tolerancia y la amplitud de miras.
La cultura, por fortuna, no es juego de suma cero como pretenden los nacionalistas, ni se puede mantener una cultura subvencionada y de la sopa boba. La falta de calidad de la literatura catalana está ahí para probarlo. Lo mismo vale para el cine, la música u otros productos culturales. No resultan atractivos para las mayorías. Por ejemplo, no han sido capaces –aunque lo estudiaron– de organizar una Operación Triunfo en catalán, lo que nos habla del peso real de los hábitos de los jóvenes.
El balance global nos remite a la progresiva pérdida de influencia de Cataluña desde la Transición: más cerrazón y más decadencia. El deseo de un federalismo asimétrico, dominar y no aceptar los compromisos constitucionales, es la clave. De momento, tenemos el Terrorismo asimétrico, fruto del pacto de ERC con ETA: en Cataluña no hay atentados. Ignominioso.
En economía, cuando Madrid contribuye con fondos solidarios casi el doble que Cataluña, está todo dicho. El tren de la modernidad circula más lentamente en Cataluña.
La situación anímica y psicopolítica de los catalanes con los gobiernos del tripartito podemos calificarla de Falsificación de la preferencia. Nadie, excepto los gobernantes que cobran sus sueldos –casi el doble que los políticos nacionales–, está satisfecho. Montilla ha asumido y aumentado el discurso tradicional del nacionalismo y ha vaciado de contenido a CiU. Ésta no quiere más nacionalismo sino recuperar el poder; los votantes de ERC quieren más nacionalismo y no a un presidente que, aunque prohibirá los toros, cuando está de vacaciones en su tierra natal va a las corridas. Hay algo falso, hipócrita, impostado: un divorcio entre lo aparente y lo real en Cataluña.
El divorcio real se da entre los políticos nacionalistas –CiU, ERC, ICV y el cada vez más plegado PSC– y la ciudadanía que de forma creciente se aparta de las urnas, excepto cuando hay que elegir alternativas del conjunto de la nación.
Pero no ocurre por casualidad. El catalanismo, como tantos nacionalismos, es una ideología de la superioridad transida de tabúes y contradicciones, generador de un discurso dual interior-exterior que le impide aceptar plenamente a España como nación. Que no lo haga, que sean españoles de mala gana, que haya quien –los separatistas– proclamen su abierto rechazo, no compete a la mayoría de la población.
Los políticos catalanes, presos de sus tabúes, padecen una insatisfacción por la constante competición en la búsqueda del verdadero camino de salvación de Cataluña. No saben que ellos son su principal obstáculo. Saben, aunque no se atreven a reconocerlo, que no quieren más nacionalismo sino más poder y colocarse en una situación privilegiada: pagar menos que el resto de los españoles y poder condicionar la toma de decisiones, poder intervenir y no ser intervenidos.
Aunque no lo conozcan, practican lo que M. Rubió Tudurí publicó en 1930: Estat espanyol. Societat anònima vers una solució de conveniència. No necesita traducción, se entiende todo.


Artículo de Pedro Antonio Heras en el Noticiero de las Ideas

Pedro Antonio Heras (1948) es doctor en Historia Contemporánea. Hasta 1992 fue catedrático de instituto de Geografía e Historia. Desde esa fecha es profesor de universidad de Historia Contemporánea. Ha publicado diversos libros sobre política, economía y sociedad catalanas de los dos últimos siglos.

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